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Reserva en Amazonia de Brasil modelo de preservación ambiental y humana

Redacción / Notimex. Reserva Mamiraúa, Brasil, 21 de marzo 2018.- Situada en el corazón de la Amazonía brasileña, en una zona donde abundan delfines rosados de río y donde una hectárea tiene hasta 120 especies de árboles, la Reserva Mamiraruá es un modelo de preservación de la mayor selva tropical, gracias a su visión social que conserva el ambiente y crea modelos de desarrollo para sus habitantes.

La reserva, de más de un millón de hectáreas y gestionada por el instituto homónimo, está habitada no sólo por mamíferos como el delfín rosa, el cocodrilo azul y los jaguares, sino también por unas 11 mil personas que viven en comunidades en las orillas de los ríos y que se ganan el sustento de lo que da la selva: pesca, frutas, agricultura a pequeña escala y ecoturismo.

Pero el aumento poblacional y sobre todo las actividades industriales madereras y pesqueras amenazan con extinguir los recursos, como el pirarucú, un pescado de sabrosa carne que puede pesar hasta 300 kilos y que se encuentra en esta región de la Amazonía.

Por ello, Brasil creó en 1986 la reserva, que hoy desarrolla decenas de iniciativas para crear condiciones de vida para la población al tiempo que se preservan los recursos naturales o se usan de forma sustentable.

Uno de ellos es el ecoturismo en la Posada Uacarí, un hospedaje de casas fluctuantes en un canal entre los ríos Solimoes y Japurá, en plena selva, donde cerca de un millar de turistas desembarca cada año para vivir la extraordinaria experiencia de descubrir la biodiversidad de la mayor selva tropical del planeta, donde se estima en unas 80 mil las especies de plantas y dos mil 500 las de pescados.

Con cuartos en casas que flotan en el canal, que sube o baja en función del ciclo de lluvias en la Amazonía y se abastece de electricidad por paneles solares, la posada ofrece al turista experiencias como avistamiento de animales: delfines, jaguares, panteras, puerco espín, perezosos, diez variedades de monos y aves de todo tipo, entre muchos otros; y de especies vegetales con árboles de hasta 40 metros.

El delfín rosado –que nace gris, pero adquiere esa coloración cuando crece- es uno de los mayores mamíferos acuíferos de la cuenca del Amazonas, junto al pez buey, y se encuentra en por lo menos tres ríos del bioma (Tocantins, Amazonas y Orinoco) y sus afluentes, aunque no existen datos suficientes para determinar su número.

Biólogos y científicos ambientales acompañan a los pequeños grupos de visitantes que se aventuran en el bosque y en los ríos, infestados de las temibles pirañas, para una experiencia inolvidable y, sobre todo, crucial para permitir que el bosque siga en pie y preservado, pues los ingresos generan renta para las comunidades locales que trabajan en el ecoturismo.

“La naturaleza está dando vida a millones de brasileños. En el pasado entraba en el bosque para cortar madera. Ahora, si puedo entrar y no tocar nada, mejor. Es increíble lo que tenemos aquí”, dijo a Notimex, Almir Carvalho de Araujo, un guía de 52 años que tiene casi 20 años llevando a dar paseos y explicar la fauna a los turistas.

Con turnos alternados de diez días de trabajo y diez de descanso, Carvalho consigue tener un salario de 410 reales por mes (unos 130 dólares), lo que es “un complemento perfecto” para otras actividades que realiza en su comunidad ribereña, como la pesca o la agricultura familiar.

“Cuando empecé a trabajar aquí, en 1999, no tenía nada. Era trabajar para comer. Gracias al turismo pude comprar mi televisión, un motor para el barco, enviar a mis hijos a estudiar”, contó este hombre, padre de nueve hijos.

Mayor estado de todo Brasil, Amazonas es una región aislada –sólo hay dos carreteras asfaltadas en toda la entidad-, y de baja renta per cápita, y donde llevar educación, electricidad o servicios de salud a decenas de miles de pueblos de hasta una casa a las orillas de los cientos de ríos, afluentes y canales es un verdadero desafío.

En numerosas ocasiones la falta de presencia del poder público y de oportunidades económicas empuja a los habitantes a un uso predatorio de los recursos naturales, talando árboles centenarios para vender la madera o permitiendo la pesca industrial de barcos que llegan de ciudades como Manaus, lo que amenaza la supervivencia de un ecosistema de biodiversidad única quizá en el planeta.

En momentos en que el cambio climático muestra que es fundamental preservar la Amazonía, que genera y regula el ciclo de lluvias en América del Sur y almacena hasta dos décadas de emisiones de CO2 en su miles de millones de árboles, la creación de actividades sociosostenibles es fundamental para revertir que siga aumentando la destrucción de la selva, que ya perdió entre el 17 y el 20 por ciento del total.

Así, la generación de renta con iniciativas sostenibles como el ecoturismo supone una oportunidad de prosperar a las poblaciones locales sin poner en riesgo el bosque. Y también una ocasión de que llegue la educación.

“Empecé como cocinera y camarera. Y ahora soy gerente”, afirmó, orgullosa, Deucene de Oliveira, de 39 años, madre de cuatro hijos, que gestiona hoy la Posada Uacarí, donde trabajan 86 personas de las comunidades vecinas.

Con un salario de mil reales, unos 330 dólares, “un buen salario aquí”, según ella, a lo largo de dos décadas de Oliveira consiguió formarse en gestión, en conocimientos ambientales e incluso en inglés, ya que hoy el 70 por ciento de los mil turistas anuales son extranjeros, sobre todo estadunidenses, por apenas 30 por ciento brasileños.

“La posada cambió mucho la vida de las personas: ahora tenemos televisión, lavadoras, camas. Siempre pensaba en prosperar, pero la agricultura y la pesca da poco dinero y es estacional. Ahora he conseguido que mis hijos vayan al colegio en la ciudad, porque tengo cómo comprarles uniforme, calzado y material escolar”, expone.

Con sede en la pequeña ciudad amazónica de Tefé, a orillas del río Solimoes, el Instituto y la Reserva Mamirauá son referencia en el estudio de la fauna y flora amazónica, así como en la creación de iniciativas sociales para permitir la preservación de las áreas, aunque estén habitadas por humanos.

Otras de las iniciativas del Instituto es la creación de sistema de energía eléctrica por paneles solares que permiten, entre otras cosas, producir hielo que, a su vez, permite a decenas de familias pescadoras vender su capturas en ciudades aisladas a horas de lancha.

Estos proyectos de desarrollo sostenible sirven de modelo para, eventualmente, replicarlos a gran escala en otras regiones de la Amazonía, de tamaño similar a dos tercios del territorio continental de Estados Unidos y amenazado, sobre todo, por la expansión de la agricultura y la ganadería industrial.