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La espiritualidad de la Reconciliación

Redacción / Ventanaver. Xalapa, Ver., 11 de marzo de 2025.-El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación, teniendo a la base que el Señor Jesucristo, es médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo (Mc 2,1-12), y por deseo propio quiso que su Iglesia continuara, con la fuerza del Espíritu Santo, su obra de salvación, incluso en sus propios miembros.

Por ello, todos los que nos acercamos a este sacramento obtenemos de la misericordia de Dios el perdón de los pecados. Es una respuesta a la invitación que nos hace Jesús a la conversión, y un auténtico retorno a la comunión con el Padre.

El sacramento de la Reconciliación abre un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte de cada uno de nosotros, que requiere la confesión, declaración o manifestación de nuestros pecados ante el sacerdote, pero sobre todo es un acto de reconocimiento y alabanza de la santidad de Dios y de su misericordia para con nosotros, que sale a nuestro encuentro como lo ha hecho con el «hijo prodigo», nos abraza, nos viste, nos calza y nos reitera nuestra dignidad de hijos suyos, y hace una gran fiesta por el hijo que ha recuperado de la muerte, causada por el pecado.

Esto se hace tangible a través del perdón que nos es otorgado por medio de la absolución sacramental del sacerdote, siendo Dios mismo quien nos concede «el perdón y la paz».

El fruto de este acto reconciliador ha de suscitar en nosotros vivir del amor misericordioso de Dios, que nos dispone a responder a la llamada del Señor que dice: «Ve primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,24), es decir, el que ha experimentado el amor misericordioso de Dios, ha de actuar para con su prójimo de la misma manera, con actos, palabras y acciones, misericordiosas.

Dicha llamada de Jesús a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras exteriores, sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Sin ella, las obras de penitencia permanecen estériles y engañosas; por el contrario, la conversión interior impulsa a amar por medio de signos visibles, gestos y obras concretas.

La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: «Conviértenos, Señor, y nos convertiremos». Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. El corazón humano se convierte mirando a Jesucristo al que nuestros pecados traspasaron.

La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Biblia y los Santos Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna (Mt 6,1-18), que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás, esto acompañado de la intercesión de los santos y la práctica de la caridad, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual.

La Reconciliación requiere los siguientes pasos:

  1. Es necesaria la contrición que es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar.
  2. Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios, especialmente ayudados de los diez mandamientos y las Bienaventuranzas contenidas en la Biblia.
  3. La confesión de los pecados principalmente mortales, de los que se siente culpable; asumidos con sentido de responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro.
  4. La penitencia o satisfacción, que implica hacer lo posible para reparar los daños cometidos por el pecado. Esto debido a que la absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual.
  5. La penitencia que el confesor impone debe tener en cuenta la situación personal del penitente y buscar su bien espiritual. Puede consistir en la oración, en ofrendas, en obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios, y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que debemos llevar.

Tales penitencias ayudan a configurarnos con Cristo que expió nuestros pecados (Rm 3,25; 1 Jn 2,1-2) una vez por todas.

Estos elementos nos ayudarán a tener una experiencia formidable del amor y la misericordia de Dios, que corona todos nuestros esfuerzos humanos, y que solo es posible por medio de Jesucristo, ya que por nosotros mismos, no podemos nada, necesitamos la ayuda «del que nos fortalece, en quien todo lo podemos» (Flp 4,13).

Aprovechemos este tiempo de gracia del Año Jubilar, recurriendo al sacramento de la Reconciliación en este tiempo de Cuaresma para ponernos en paz con Dios y la Iglesia.

«Con María, todos dicípulos misioneros de Jesucristo»: Arzobispo de Xalapa, Jorge Carlos Patrón Wong.

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